El comercio es tan antiguo como la humanidad y el constante intercambio de recursos e ideas creó flujos comerciales que causaron un gran impacto en las economías y las sociedades. La evolución de la tecnología, el transporte y las comunicaciones provocó que el comercio internacional comenzase a mutar y se convirtiera en una fuente constante de generación de problemas.
ANDRÉS M. GUARDEÑO PARRAS. Decano del Ilustre Colegio de Economistas de Córdoba
Los mismos productos se podían fabricar en diferentes países y el comercio internacional se alió con las decisiones geopolíticas de los países productores y consumidores.
En los siglos XVII y XVIII, Inglaterra y Francia adoptaron políticas mercantilistas con el objetivo de obtener poder económico y militar; el mercantilismo medía la riqueza de un país por la cantidad de metales preciosos que acumulaba, y estos se obtenían a través de una balanza comercial positiva: había que favorecer la exportación, nacía el intervencionismo estatal.
Así, en el siglo XIX, en Inglaterra, aparecieron voces críticas al mercantilismo; según estas, el mercantilismo confundía dinero con riqueza real: un país será más rico cuanto mayor sea la capacidad de producir bienes y servicios. Son dos las posturas enfrentadas: el mercantilismo con Mun y Colbert y el liberalismo con Adam Smith y Ricardo. Es importante mencionar que aparece una nueva fuente de ingresos para los países: los aranceles.
El mercantilismo confundía dinero con riqueza real: un país será más rico cuanto mayor sea la capacidad de producir bienes y servicios
A finales del siglo XIX se inició el conflicto entre países: los que producían con costos bajos abogaban por el liberalismo comercial; los que se sentían amenazados por el exterior, por el intervencionismo. Como consecuencia, la política y el comercio internacional se entrelazaron para no volver a separarse.
Al final de la Primera Guerra Mundial, se adoptó un sistema de total protección con el que los países manipulaban los tipos de cambio, implementaban políticas de empobrecimiento del vecino e incrementaban los aranceles.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, Europa había perdido su hegemonía económica en el mundo y se impulsó, de la mano de EE. UU., la creación de nuevas instituciones, materializadas con los acuerdos de Bretton Woods: se crea el FMI para evitar manipulaciones de moneda, el BM para ayudar en el esfuerzo de reconstrucción y la malograda OIC, sustituida por el GATT.
En los 70 y hasta final de siglo, se consolidó la globalización a través del libre comercio y movimiento de capitales; se crearon dependencias entre diferentes economías, se produjo un aumento de productividad por la tecnología compartida y se expandieron las cadenas globales de valor debido a la fragmentación en la producción, y el nacimiento de la OMC que integró al GATT.
En este contexto, y paralelo a la corriente liberal de este periodo, apareció el neomercantilismo, que se entiende como la reactivación de la lógica mercantilista clásica: la idea de que el poder económico de un Estado se refuerza controlando el comercio exterior y acumulando superávits, pero adaptada al mundo de finales del siglo XX.
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la tendencia ha sido conseguir una progresiva liberalización. La incorporación de China a la OMC en 2001 convirtió al gigante asiático en la fábrica del mundo.
Ahora bien, desde finales de la primera década del siglo XXI, una serie de sucesos han conseguido que se pierda confianza en la liberalización: la crisis financiera mundial de 2008, la guerra comercial y tecnológica entre EE. UU. y China en el primer mandato de Trump, la pandemia de covid-19, que puso de manifiesto la fragilidad de las cadenas de valor y la necesidad de priorizar otros aspectos diferentes a la reducción de costes. Por su parte, Trump, en su segundo mandato en 2025, ha intensificado esta dinámica, adoptando una postura neomercantilista y ha resurgido como la principal herramienta geopolítica del siglo XXI. Así, la guerra comercial actual se distingue por el uso unilateral de aranceles como arma, desafiando abiertamente el marco de la OMC.
Además, Trump justifica sus acciones: mantiene que busca reducir el déficit comercial mediante aranceles, a la par que fomentar el consumo interno de productos nacionales para reindustrializar EE. UU. Amenaza a otros países, como pueden ser México, Canadá o Venezuela, con la imposición de aranceles si estos países no acceden a sus requerimientos, como es el control de la migración por parte de México. En China, las subidas arancelarias se han dirigido principalmente a bienes intermedios y de equipo, con el fin de contener el desarrollo tecnológico asiático. China ha respondido con represalias estratégicas, concentrando aranceles en productos agrícolas clave de EE. UU. En este sentido, el conflicto entre ambos países ha evolucionado y disputan nodos críticos de producción. EE. UU. busca contener el ascenso chino bloqueando el acceso a semiconductores avanzados y equipos de fabricación esenciales. En respuesta, China, que se ha consolidado como potencia manufacturera y líder en energías renovables, ha redoblado sus esfuerzos por la autosuficiencia tecnológica, usando su potencia industrial en el procesamiento y refinado de tierras raras, galio o germanio; ha impuesto restricciones a la exportación de estos minerales.
Stiglitz identifica una oportunidad: “La mayor oportunidad es que el resto del mundo se una para crear una nueva globalización sin EE. UU.
Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía en 2001 y crítico con las políticas de Trump, en reciente entrevista mantiene que “todo el mundo está perdiendo. Probablemente, a largo plazo, EE. UU. perderá más que nadie”. Stiglitz continúa diciendo que “los aranceles son tarifas pagadas por los consumidores y están generando incertidumbre” y que “Donald Trump es el mayor riesgo para la economía global”, además de que “un acuerdo con Trump no vale ni el papel en el que está escrito”. Frente a esta situación, Stiglitz identifica una oportunidad: “La mayor oportunidad es que el resto del mundo se una para crear una nueva globalización sin EE. UU.”.
Así pues, son obvias las repercusiones a corto, medio y largo plazo que pueden tener las acciones de la administración Trump.
- En el corto plazo, un aumento de costo para consumidores y empresas, con el consiguiente incremento de precios e inflación y un mayor ingreso fiscal derivado de los aranceles, incertidumbre en los mercados.
- En el medio plazo, reducción del PIB, pérdida de empleo y competitividad.
- En el largo plazo, pérdida de liderazgo y credibilidad, riesgos para el dólar.
Entonces, si todo apunta a que, en el corto, medio y largo plazo, el gran perdedor de esta guerra será EE. UU., ¿por qué continúa? En mi humilde opinión, la economía no es prioritaria para Trump: está usando los aranceles como instrumento de presión política y arma estratégica para conseguir otro tipo de objetivos. Trump, desde abril de este año, amenaza con imposición de aranceles, negocia bilateralmente cuestiones que nada tienen que ver con el desarrollo económico, consigue sus objetivos y retira o reduce a la mínima expresión la imposición del arancel. Y, mientras tanto, ¿qué ocurre en China, Europa y España?
En China, aunque el crecimiento se ha ralentizado, la economía asiática se está reconfigurando: está redirigiendo sus exportaciones, intensificando la triangulación comercial y la competencia global.
Las medidas arancelarias afectarán a España de forma más moderada que al promedio de la UE, ya que nuestra dependencia exportadora hacia el mercado norteamericano es menor
Así, la Unión Europea, tal y como defiende Stiglitz, ha de evitar una espiral arancelaria: debe mejorar la competitividad, fortalecer el mercado único, liberar sectores estratégicos e impulsar la productividad e innovación, sin olvidar redirigir el comercio hacia terceros países.
Las medidas arancelarias afectarán a España de forma más moderada que al promedio de la UE, ya que nuestra dependencia exportadora hacia el mercado norteamericano es menor. Sin embargo, el efecto indirecto de la desaceleración global es significativo: se espera que el PIB español sufra una reducción de entre el 0,2% para 2025 y del 0,7% para 2026.
A modo de conclusión, podemos observar que el proteccionismo, a lo largo de la historia, nunca ha sido positivo: elmomento en que mayor proteccionismo se impuso en la economía del siglo XX terminó con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La guerra arancelaria perjudicará a China y EE. UU., jugadores principales en este escenario geopolítico. Nosotros, meros espectadores, no debemos permanecer estáticos: hay que actuar para que el daño que se nos traslade sea el mínimo posible, a la par que, a nivel europeo, podamos aprovechar esta oportunidad para crecer. Actualmente tenemos un mundo en construcción y debemos ser buenos arquitectos.











