Revista de Análisis Plural

Aprender a aprender… y rápido

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Si tuviese que elegir un rasgo de nuestro tiempo, ese sería la celeridad. Nunca las cosas irán tan despacio como hasta ahora. Dicho de otra forma, la aceleración es tal que a menudo produce vértigo. Realmente, si lo pensamos bien, los comportamientos básicos de los humanos no han cambiado tanto como consecuencia de la digitalización. Lo que sí ha evolucionado es la velocidad con la que ocurren las cosas, especialmente en el ámbito de la empresa.

Eduardo Gómez Martín. Director General de ESIC.


El primer microprocesador fue el Intel 4004, producido en 1971. Se desarrolló originalmente para una calculadora y resultó revolucionario para su época. Contenía 2.300 transistores y podía realizar hasta 60.000 operaciones por segundo. Hoy, un ordenador de mesa de gama media puede realizar más de 100 millones de operaciones por segundo, es decir, la capacidad de computación se ha multiplicado por 1.666. Y apenas se empieza a hablar de los ordenadores cuánticos, en los que los cúbits se sobrepondrán sobre los bits y permitirán abordar tareas hasta ahora no accesibles.
En este contexto de aceleración constante, con la singularidad tecnológica como un escenario futurista alcanzable en pocas décadas, es fundamental dotar a los jóvenes de las capacidades para adaptarse con rapidez, comunicarse con eficacia, resolver conflictos, negociar, gestionar equipos y, por supuesto, ser resilientes. Esa “aprendibilidad” es fundamental para moverse en un escenario de cambios rápidos, que requiere la evolución constante de nuestros conocimientos y habilidades no solo para conseguir un trabajo, sino también para mantenerlo o desarrollarlo.

Aprender no es solo reciclar lo que ya sabemos. Es también extraer enseñanzas que la vida nos ofrece, conociendo nuestros límites y aprendiendo a extenderlos, aceptando nuestros errores y sin atragantarnos con nuestros éxitos. Aprender en estos tiempos digitales es hacerse preguntas que las máquinas aún no están en condiciones de contestar: “¿quién soy?”, “¿a dónde voy?, ¿cuál es mi propósito? Y para alcanzar tales respuestas no hay que tener prisa, sino conciencia.

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