Revista de Análisis Plural

La justicia en la acción directiva

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Ser justo implica respetar a los demás incluso cuando faltan motivos racionales o sentimentales. La justicia es uno de los grandes temas del pensamiento y, en consecuencia, de la dirección de personas, porque «por la justicia es por lo que llamamos bueno a un hombre».

JAVIER FERNÁNDEZ AGUADO. Director de la Cátedra de Management Fundación
“la Caixa” en IE Business School y director de Investigación en EUCIM.


Dirigir no es tarea sencilla, pero toda organización precisa de una estructura directiva. Aunque en algunos casos se diseñe una especie de democracia plebiscitaria, alguien tendrá que ser el encargado último de tomar decisiones.

Gobernar hace referencia a los demás: justicia y dirección de personas han de ir de la mano, y quien ocupa un puesto de preminencia debe poner medios para asumir habilidades directivas.
El directivo justo ha de tratar de hacer suyos cada uno de estos comportamientos:

  • Rectitud en los juicios: el directivo ha de juzgar a quienes están a sus órdenes, pero para ser justo se precisa no estar motivado por intereses espurios. El ámbito sobre el que se juzga ha de ser aquel en el que se desarrolla la actividad de gobierno.
  • El respeto al tiempo de los demás puede concretarse en dos aspectos fundamentales: la puntualidad y la convocatoria de reuniones solo cuando es estrictamente necesario, además de que éstas impliquen el tiempo rigurosamente necesario.
  • Responsabilidad ante los compromisos asumidos: nunca se debe culpar a los demás sin pruebas perfectamente contrastadas, no debe aplicarse nunca el principio de que la mejor defensa para el directivo es un ataque a la decencia ajena.
  • Control de la lengua: los cobardes se desahogan con amigos o conocidos sin preocuparse ellos por mejorar ni señalar con objetividad qué debería ser modificado.
  • Retribución económica equitativa: el sistema que se arbitre dependerá de las circunstancias, pero no debe olvidarse que retener lo que corresponde a los empleados dañará, antes o después, a todos los stakeholders.

Las tentaciones y riesgos del poder son muchos y nadie debería estar seguro de sus valores y ética personal antes de haber ocupado con dignidad cargos de gobierno. El directivo justo acaba por convertirse en líder y, aunque lo que arbitre no coincida con el gusto de los subordinados, su actuación será respetada.

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