Revista de Análisis Plural

No era RSC, era la sostenibilidad, ¡estúpido!

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Sorpresa enorme en muchos consejos de administración. Ocurrió hace ocho años, en 2022. La mayoría de sus miembros se acababa de enterar de que la Unión Europea había iniciado un tsunami regulatorio tendente a un modelo económico sostenible basado en la lucha contra el cambio climático. Eso, tan abstracto para muchos, se concretaba en convertir la función social de las empresas —excesivamente evanescente—, en el abanderado de la cuestión. Hoy en 2030, fecha de autos, hemos podido contemplar el alineamiento de la mayoría de las corporaciones europeas con esos objetivos. La RSC, que había vegetado entre la cura de la mala conciencia y la filantropía, ha dado en menos de diez años el paso definitivo hacia el establecimiento de unas prácticas de sostenibilidad referentes en el Este y en el Oeste. No solo impactan en la evolución del planeta, sino que también han cambiado la gobernanza de las empresas.

JOSEP-FRANCESC VALLS. Director de la Cátedra Escenarios de futuro, retail, turismo y servicios de la BSM-UPF.


El viejo profesor ha reunido, como cada mes, a un grupo selecto de expertos sobre la reconversión de las viejas políticas de RSC de las empresas por otras fructíferas de sostenibilidad, más acordes con su función social. Hoy participan el director de una ONG; una académica experta en cuestiones de sostenibilidad; una directiva de un banco multilateral, y el fundraiser de una fundación.
Tras las palabras de bienvenida del viejo profesor, abre la sesión el director de la ONG global. Ha vivido experiencias extremas en cuatro continentes: por una parte, en campos de refugiados, en guerras, hambrunas y conflictos; y, por otra, en los despachos de Occidente buscando fondos e intentando utilizarlos al servicio de los más vulnerables. Toma la palabra:
—Archie Carroll, el padre de la redefinición contemporánea del papel social de la empresa, afirmaba que su responsabilidad recae tanto sobre el comportamiento económico y legal como sobre el ético (Business and Society: Ética and stakeholder Management. Cincinnati: South Western Publishing, 1993). Más todavía, el presidente de la Cámara de Comercio de España, Josep Lluís Bonet, colocaba al mismo nivel la sostenibilidad y la rentabilidad entre las funciones de la empresa. En 2022, este empresario al frente de la institución cameral española confirmaba que las pymes lo veían cada vez más claro. Ocho años después de estas palabras, si alguna empresa no lo ha entendido por activa, se ha visto obligado a adherirse por pasiva; la legislación comunitaria resulta bien explícita y contundente. No podía ser que las empresas blanquearan malas prácticas dedicando algún dinero a obras sociales, mientras seguían emponzoñando el planeta y ejecutando procesos nada beneficiosos con el medio ambiente.

Si alguna empresa no lo ha entendido por activa, se ha visto obligado a adherirse por pasiva; la legislación comunitaria resulta bien explícita y contundente. No podía ser que las empresas blanquearan malas prácticas dedicando algún dinero a obras sociales, mientras seguían emponzoñando el planeta y ejecutando procesos nada beneficiosos con el medio ambiente

NET CERO
En efecto, la UE se marcó la fecha de 2030 como la del NET Cero (reducción de emisiones de gases efecto invernadero de, al menos, un 55%). A sabiendas de que esto no se alcanzaría sin el cambio de modelo productivo en las empresas, decidió insuflar durante toda la década una ingente cantidad de recursos económicos, tales como los fondos Next Generation, los programas Horizon i Cosme, y la propia PAC, entre otros. De este modo, lanzó una avalancha legislativa en favor del pacto verde, unido a las políticas sociales y a la gobernanza corporativa. Un tres en uno que comprometía, por ley, a las empresas europeas a encaminar sus procesos productivos hacia la consecución de efectos positivos en el medio ambiente; en adelante, se considerarían responsables de los daños producidos por sus subsidiarias en cualquier lugar del mundo, bajo cuantiosas multas para las incumplidoras. Desde entonces, ya no podrían hablar de información no financiera, sino de Informe de Sostenibilidad Corporativa, a la vez que se veían obligadas a crear valor sostenible a largo plazo y alinear para ello a sus accionistas, directivos y stakeholders.

El segundo de los invitados es una académica que ha intervenido en la última década en la creación de numerosos programas de sostenibilidad en las universidades, en las escuelas de negocio y en las patronales y asociaciones empresariales.
Es ella quien interviene:
—El objetivo de esta formación consistía en preparar a consejeros internos, consejeros ejecutivos, dominicales e independientes, y a expertos CSO (directores de sostenibilidad). Los programas que he implantado desarrollan los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y las prácticas de sostenibilidad, trazabilidad, aplicando a rajatabla los derechos humanos en toda la cadena de valor. Miles de consejeros en sostenibilidad y CSO pueblan ahora las empresas europeas entendiendo la rentabilidad y no solo los beneficios económicos obtenidos, así como el desempeño ecológico real. Es decir, la reducción de la huella de carbono, el consumo de agua y de energía en todos los eslabones de la cadena de suministro, desde las materias primas hasta el contacto con los clientes.
—Gracias a esta nueva legislación —quien habla ahora es el fundraiser de la fundación—, las ONG hemos dado un salto cualitativo. Antes de la promulgación de estas directivas comunitarias que implican a las empresas, muchas de ellas preferían darnos dinero para acciones humanitarias, mientras seguían desarrollando prácticas poco sostenibles. Al implicarlas de lleno, empezaron a acudir a nosotros como partners. Nos pedían, sobre todo, que les ayudáramos a desarrollar la normativa en el interior de sus corporaciones para acomodarse, de este modo, al nuevo protagonismo sostenible.
—Una tabla de salvación para las ONG, ¿no? —pregunta la académica.
—Yo reivindico el papel histórico de las ONG, tanto las no confesionales como las religiosas —responde el fundraiser—. ¿Se imaginan el nivel de insolidaridad en los dos últimos siglos sin ellas? Ahora bien, algunas se habían especializado en pedir dinero para repartirlo entre los más desfavorecidos; eran causas nobles, pero estas acciones de beneficencia, de solidaridad o de cooperación no conseguían reducir las desigualdades. Las más esforzadas y clarividentes se adelantaron a impulsar políticas sociales y consiguieron cambios radicales. La nueva normativa europea nos ha permitido a las ONG, desde principios de la década de 2020, convertirnos en los socios de las empresas en este camino en favor de un planeta común. Ha supuesto el punto de inflexión para replantear nuestro modelo de negocio.
—También nos obligó a nosotros ponernos las pilas —interrumpe la directiva del banco multilateral—. Disponíamos de dinero público para impulsar acciones de desarrollo, humanitarias, sociales… Gracias al tsunami regulatorio en la UE, tuvimos la oportunidad de dirigirlas hacia un objetivo claro, el de la sostenibilidad del planeta. Esta jerarquización en torno a la sostenibilidad ha sido la piedra de toque. Ahora, la cooperación pública se enfoca claramente a un objetivo que abarca al resto.

Gracias al tsunami regulatorio en la UE, tuvimos la oportunidad de dirigir [las acciones]hacia un objetivo claro, el de la sostenibilidad del planeta. Esta jerarquización en torno a la sostenibilidad ha sido la piedra de toque. Ahora, la cooperación pública se enfoca claramente a un objetivo que abarca al resto

RELACIONES PÚBLICAS, RELACIONES PRIVADAS
—¿Saben cuáles han sido los efectos inmediatos de este enfoque hacia la sostenibilidad de la UE, visto desde 2030? —plantea la académica experta—. El primero, en las empresas europeas ya no se habla más de RSC. Toda gira en torno a la sostenibilidad. Las que todavía mantienen las siglas en su organigrama no la asocian a las relaciones públicas, a la comunicación y a la marca, y a las acciones altruistas y humanitarias puntuales. El segundo, a pesar de que les costó un tiempo adaptarse, prácticamente hasta 2025, finalmente acabaron entendiendo (el palo y la zanahoria) que no se pueden desentender de lo que ocurre en el exterior de sus paredes, que no son un organismo sin ninguna implicación. El tercero, que la sostenibilidad no es un mantra, sino que se consigue cambiando los modelos de producción, y las empresas son uno de los motores del cambio. Y cuarto, que el nuevo concepto les permite un protagonismo mucho mayor en la sociedad: no sólo cooperan; reman en la misma dirección que el conjunto de la sociedad.
—Visto desde 2030, parece un éxito, ¿no? —pregunta el viejo profesor, a modo de conclusión.
—Yo diría que ha ocurrido algo excelente —responde la académica experta, recapitulando—. El cambio legislativo radical ha convertido la sostenibilidad del planeta en una preocupación común y a los empresarios en protagonistas. El viejo management desviaba fondos para lavar conciencias y ahora el dinero resulta más útil. El palo y la zanahoria a los que me refería antes han dado sus resultados. En estos momentos, en Europa, operan centenares de miles de corporaciones del cuarto sector que contabilizan como rentabilidad económica todas las acciones de contribución a la sociedad, y su objetivo no consiste exclusivamente en dar valor a los accionistas o aumentar los beneficios cada año. Otrosí, la revalorización de la profesión sostenible ha creado numerosos puestos de trabajo que han permitido que muchos perfiles de las ONG y de los organismos humanitarios ocupen posiciones decisivas en las empresas, convirtiéndose en la mejor cantera. Yo me quedaría con estos tres grandes avances que se han producido a lo largo de esta década. Me siento orgullosa de pertenecer a la vieja Europa.

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