En 2026 se cumplen 250 años de la publicación, en 1776, del libro de Adam Smith ‘La riqueza de las naciones’, un texto crucial en la conformación de la denominada Economía Política. La publicación de ese libro se produjo el 9 de marzo, unos pocos meses antes de la otra gran efeméride del año, la Declaración de Independencia de Estados Unidos.
JUAN TUGORES QUES. Catedrático emérito de Economía de la UB
No deja de ser llamativo que esos aniversarios se produzcan en un momento en que este país se está alejando de los principios de Adam Smith para volver a las prácticas de lo que el autor escocés denominaba la doctrina mercantil, de restricciones al comercio exterior.
LA MANO INVISIBLE Y EL COMERCIO INTERNACIONAL
Suele identificarse el mensaje fundamental de Smith con la confianza en el poder de los mercados en que cada uno actúa siguiendo su propio interés para converger hacia resultados socialmente deseables, a través de la famosa “mano invisible”. Pero cabe recordar que la única referencia explícita a ese término en La riqueza de las naciones tiene lugar bien avanzada la obra —en el libro IV, “De los sistemas de Economía Política”, de los 5 que la componen— en el contexto del actualizado debate sobre medidas proteccionistas, para argumentar que si a los empresarios les interesa, según sus cuentas, invertir en la economía nacional en vez de en el extranjero, no haría falta que nadie les obligase a ello. Adam Smith insiste en que el intervencionismo mercantilista/proteccionista es “inútil o perjudicial” y argumenta: “Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial”.
Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial
En el marco de esta discusión, Smith desliza una de las críticas más severas al intervencionismo/dirigismo: “El político que pretenda dirigir a las personas privadas sobre la forma en que deben invertir sus capitales no solo se carga a sí mismo con la preocupación más innecesaria, sino que asume una autoridad que no debería ser delegada… en ninguna persona, en ningún consejo… y que en ningún sitio es más peligrosa que cuando está en las manos de (alguien) tan insensato y presuntuoso como para fantasear que es realmente capaz de ejercerla”. Cada uno podrá poner nombre y apellidos a la admonición de Adam Smith, pero su mensaje tiene sentido a ambos lados del Atlántico y del Pacífico, a pocos o muchos kilómetros de distancia, en temas de comercio internacional u otros muy diversos ámbitos de regulaciones e intervenciones.
El análisis de Smith acerca de la importancia de resistir las tentaciones proteccionistas no se limita a formulaciones generales acerca de las ineficiencias y distorsiones que esas medidas generan, sino que además, en otro aspecto plenamente aplicable a la actualidad, dedica un capítulo especial (especialmente largo, el 3 del libro IV) a las medidas excepcionales impuestas a aquellos países con los que “se supone que la balanza comercial es desfavorable”. Los planteamientos de 1776 referidos a la rivalidad entre Francia e Inglaterra son llamativamente extrapolables a los de 2026 referidos a China y Estados Unidos, con los desequilibrios comerciales entre esas potencias explícitamente utilizados como argumentos en las recientes medidas proteccionistas. Recordando cómo los aranceles anunciados en abril de 2025 se fijaron de facto en proporción a los déficits bilaterales de Estados Unidos con cada país, y asimismo la insistencia en el saldo con China, releer hoy las argumentaciones de Smith es interesante… Tiene especial vigencia la forma en que fustiga el planteamiento del comercio como “juego de suma cero”, en el que un país solo podría obtener ganancias si otro experimentase correlativas pérdidas: “Se ha intentado que cada nación contemple con envidia la prosperidad de cualquiera de las naciones con las que comercia, y que considere a ese beneficio como su propia pérdida. El comercio, que debería ser entre las naciones como entre los individuos… un lazo de unión y amistad, se ha vuelto un campo fértil para la animosidad y la enemistad”.
Un recordatorio especialmente útil cuando constatamos cómo en los últimos tiempos estamos pasando de un “relato” de la economía global en que las interconexiones eran una fuente de fértiles intereses compartidos a otra en que esas interdependencias (comerciales, en minerales, energía, tecnología, microchips, etc.) se ven como “armas” que aprovechar para amenazar/debilitar a los antes socios y ahora rivales.
Cada uno podrá poner nombre y apellidos a la admonición de Adam Smith, pero su mensaje tiene sentido a ambos lados del Atlántico y del Pacífico
No debemos olvidar que, si se pasa de una concepción del comercio como “juego de suma positiva” (ganancias potenciales para todos) a otra de “juego de suma cero” (uno gana solo a expensas de otro), la siguiente fase es acabar en políticas/represalias que conducen a un “juego de suma negativa”, con pérdidas para todos.
El capítulo 8 del libro IV es asimismo de actualidad: explica cómo, a pesar de que los principios del mercantilismo/proteccionismo —o managed trade— van en la línea de favorecer exportaciones y limitar importaciones, puede haber situaciones en que el objetivo final en términos de poder aconseje lo contrario, restringiendo algunas exportaciones que podrían servir para que “el rival” progrese, como sucede actualmente con las tierras raras cuya venta al exterior China limita, o con los microchips de última generación cuyas exportaciones a China son limitadas por Estados Unidos. Adam Smith es “comprensivo” con las consideraciones de defensa y seguridad, pero muestra un pragmatismo y flexibilidad notables.

PRAGMATISMO EN ADAM SMITH
El excelente texto de historia del pensamiento económico que me recomendaron en el último curso como estudiante de la Facultad, la Teoría Económica en Retrospección, de Mark Blaug, iniciaba el capítulo sobre las aportaciones de Adam Smith con una sátira atribuida a un participante en un evento, hace cien años, sobre el 150 aniversario de La riqueza de las naciones, en que, ante la amplitud, erudición y variedad de temas tratados en ese libro, se pone en duda que alguien lo haya leído en su integridad, en vez de conformarse con los destilados lugares comunes que se le atribuyen. El mensaje a destacar sería que, pese a las interpretaciones maniqueas tan al uso, la defensa por parte de Adam Smith del papel de los mercados es más matizada y rica de lo que se desprende de los elogios de unos y las críticas de otros. En muchos ámbitos Smith era un pragmático: reconoce el papel del argumento de la “industria naciente” para favorecer el ascenso de industrias locales —aunque asimismo constata los riesgos de abusar de él para encubrir ineficiencias—, asume que la naturaleza humana es propensa a escaladas de represalias también en los ámbitos de medidas comerciales, y de forma reiterada fustiga el lastre de los “intereses creados” —en una precoz versión de los riesgos de crony capitalism— que acaban ralentizando las innovaciones y el dinamismo que son la base de “la riqueza de las naciones”.
Tiene especial vigencia la forma en que fustiga el planteamiento del comercio como “juego de suma cero”, en el que un país solo podría obtener ganancias si otro experimentase correlativas pérdidas
ADAM SMITH Y EL KEYNESIANISMO MODERADO
Aunque sea un tópico simplificador contraponer un enfoque liberal atribuido a Smith con los planteamientos intervencionistas asociados a Keynes, la lectura del extenso libro V de La riqueza de las naciones obliga a matizar. Las motivaciones para compromisos públicos en la provisión de bienes y servicios incluyen no solo las tradicionales referencias a la defensa, administración de justicia y orden público, sino que incluyen asimismo las obras públicas que facilitan la actividad, así como una amplia argumentación para el gasto público en educación, no solo de las élites —como era usual en su época—, sino asimismo una formación para “el pueblo llano” en todas “las parroquias y distritos”, adelantándose a las nociones actuales de “inclusividad”.
Smith asume, con resignación, la necesidad en situaciones de emergencia de apelar a déficits públicos con el subsiguiente endeudamiento: “La falta de frugalidad en tiempos de paz impone la necesidad de contraer deudas en tiempos de guerra”, pero asimismo constata las resistencias a restablecer la estabilidad presupuestaria cuando se normaliza la situación y las frecuentes apelaciones a “acontecimientos que exigen un gasto extraordinario”. Smith desliza el argumento —asimismo de actualidad— de la importancia de reponer los márgenes de maniobra ante situaciones realmente delicadas. En un mundo en que los poderes públicos siempre encuentran coartadas para seguir incrementando déficits y endeudamiento, el mensaje de Smith —con el que probablemente Keynes coincidiría— es una moraleja a tener presente.
En conclusión, el tiempo no pasa en balde, por supuesto, pero para entender muchos de los problemas de 2026, tenemos en La riqueza de las naciones enriquecedoras inspiraciones










