Entre la incomprensión política, el exceso normativo y la desafección de los equipos, el empresariado vive un particular via crucis que amenaza su potencial de crecimiento y el bienestar social.
MARCOS EGUIGUREN. Director asociado de proyectos estratégicos de la UPF-Barcelona School of Management. Cofundador de SingularNet Consulting
Hace unas semanas tuve el honor de pronunciar una conferencia ante un nutrido grupo de empresarios de una comarca catalana de gran presente y futuro, alejada de las grandes aglomeraciones metropolitanas. En su mayoría nos encontrábamos ante importantes empresas medianas, aunque alguna de ellas ya rozaba el umbral que define a la gran empresa y muchas eran ejemplo de capacidad innovadora, así como auténticos referentes en su ámbito de especialización.
Me encontraba ante un colectivo de mujeres y hombres de empresa curtidos en mil batallas; un escenario, sin duda, reconfortante al comprobar cómo aquel auditorio representaba el éxito emprendedor y la generación de riqueza y valor social, a pesar de las muchas dificultades con las que se encuentra el empresariado hoy en día.
La muy interesante mesa redonda que siguió a mi conferencia —por cierto, y aunque ello sea anecdótico, la charla versaba sobre el ciclo de vida de las organizaciones y sobre cómo este debería influir en la forma de tomar decisiones— se centró en los elementos que podían facilitar el éxito y el crecimiento de las empresas de aquellas comarcas. Reconozco el elevado nivel de las aportaciones de las personas integrantes de la mesa y la sagacidad con la que abordaron los factores de éxito y los obstáculos con los que se encontraban en el día a día de la gestión. Permítame el lector que me haga eco de algunos de los comentarios y reflexiones que escuché aquella tarde por parte de quienes participaron en el debate y que, complementados con algunos aspectos de cosecha propia, pueden darnos una cierta idea de cuál es el particular Vía Crucis que está obligado a recorrer, en España en general y en Cataluña en particular, el empresariado de nuestro tiempo. Coincidirá usted conmigo en que es mejor tomarse estas cosas con una cierta deportividad y me permitirá que emplee en alguna ocasión un tono ligero y festivo para describir esos retos, aunque deberíamos reconocer que gracia, lo que se dice gracia, no deberían hacernos.
Cuando algún político dice disparates sobre los empresarios o los culpabiliza sibilinamente de vaya usted a saber qué, debería plantearse seriamente abandonar su cargo
La primera estación de ese Vía Crucis es la reputacional. Resulta que ese empresario que crea soluciones a problemas reales, que lanza productos, que se arriesga, que genera valor social y puestos de trabajo, que trabaja lo indecible y que constituye un actor esencial del progreso se enfrenta, en no pocas ocasiones, no solo a la incomprensión de una parte de la sociedad, sino también al efecto altamente pernicioso que determinadas declaraciones de responsables políticos tienen sobre el tejido empresarial en su conjunto. Cuando algún político dice disparates sobre los empresarios o los culpabiliza sibilinamente de vaya usted a saber qué, debería plantearse seriamente abandonar su cargo, pues demuestra que no tiene la más mínima idea de cuáles son los principales elementos de creación de valor económico y social y, por lo tanto, no está capacitado para ejercer responsabilidades de gobierno o de representación.
En la segunda estación nos encontramos con un reto muy vinculado al anterior y de carácter instrumental. Resulta que, en los países supuestamente serios, la autorización para operar en la mayoría de las iniciativas privadas emana de muy diversas administraciones públicas, que conceden las licencias de actividad o supervisan las actividades privadas. Cuando los poderes políticos tienen una cierta tendencia a buscar la culpa de parte de nuestros males en el supuesto comportamiento inadecuado de la ciudadanía, ello genera sin duda un impacto cultural en las administraciones públicas, que son el brazo ejecutor de la política y que han hecho de la sospecha sobre la actividad de los actores privados su razón de ser. Así, la ciudadanía, en su relación con la Administración, suele ser tratada, de forma más o menos abierta, como una posible infractora. Ello, por descontado, afecta de lleno a las empresas, que se encuentran ante barreras normativas difícilmente franqueables, legislaciones absurdas y comportamientos supervisores e inspectores por parte de las administraciones de turno que rozan la paranoia inquisitorial y generan inseguridad jurídica. Todo ello sin mencionar el hecho de que poner a supervisar actividades competitivas y de riesgo a colectivos de funcionarios que son, por naturaleza, aversos al riesgo y que no comprenden las implicaciones de sus decisiones en el día a día de las empresas, no parece la mejor idea y puede generar una desventaja competitiva entre las compañías de determinadas zonas, sujetas a ese tipo de supervisión, y las de otras áreas geográficas que operan bajo una filosofía supervisora distinta.
En los países supuestamente serios, la autorización para operar en la mayoría de las iniciativas privadas emana de muy diversas administraciones públicas
La tercera etapa de este particular vía crucis es la que definiré como la estación social, que, aunque parezca mentira, también está vinculada con las dos anteriores. La empresa se relaciona, como no puede ser de otra forma, con una gran variedad de grupos de interés; entre ellos, lógicamente, quienes conforman la plantilla y prestan sus servicios en ella, fundamentales para el éxito de cualquier negocio y para afianzar su proyección futura. La evolución del mercado de trabajo, especialmente desde la pandemia de la covid-19, no ha sido favorable desde el punto de vista social.
Encontrar profesionales adecuados se ha convertido en un calvario. Algunos de los empresarios que participaban en aquel foro estaban dispuestos a incrementar las retribuciones si encontraban a las personas adecuadas, pero el problema es mucho más profundo: una concepción instrumental, y no de desarrollo personal, del contrato de trabajo, especialmente entre las nuevas generaciones; unas exigencias de flexibilidad y conciliación que rozarían la anarquía laboral si fueran asumidas por la empresa y, por último, un desapego emocional que desconecta a muchos empleados del proyecto colectivo que toda empresa representa, especialmente cuando se trata de empresas de carácter familiar.
Aunque no es el único factor determinante, a esa estación social del vía crucis contribuyen sin duda el clima que crean las dos anteriores: la reputacional, con el comportamiento estructuralmente irresponsable de ciertos miembros de la clase política, que siembran dudas, intercambian todo tipo de interpretaciones absurdas de los derechos individuales por expectativas de voto y no defienden la buena imagen ni la importancia de la empresa en una sociedad próspera; y la instrumental, al colapsar la vida de la empresa y la lógica del mercado libre con multitud de normativas y requisitos, muchos de ellos dirigidos a cubrir con un extenso manto de protección a los empleados cuando, en realidad, lo que hacen es debilitarlos como grupo social y como individuos. Todo esto provoca que colectivos con enormes posibilidades y que podrían tener un futuro brillante se adocenen, se acomoden y dejen de formar parte de la ilusión colectiva que representa la empresa, generadora de desarrollo, riqueza y libertad.
Si estas tres estaciones de nuestro particular vía crucis no condicionan negativamente el potencial de crecimiento empresarial y el bienestar social, que baje Dios y lo vea.
Catalunya se sitúa sistemáticamente a la cola de las autonomías españolas en términos de libertad económica
Si me permite el lector, reproduciré unas palabras que Lorenzo Bernaldo de Quirós escribía recientemente en La Vanguardia, en un artículo de opinión en el que criticaba el estatismo y defendía la necesidad de recuperar lo que él denomina las virtudes vinculadas a la burguesía innovadora —prudencia, integridad comercial, ingenio emprendedor o disposición a asumir riesgos—, y creo que añadiremos algo de luz a la oscuridad. Dice Bernaldo de Quirós: “Sin embargo, estas virtudes no pueden florecer en el vacío ni sobrevivir en un ecosistema hostil. Existe hoy un hecho tan claro como objetivo: Catalunya se sitúa sistemáticamente a la cola de las autonomías españolas en términos de libertad económica. La hipertrofia fiscal, la multiplicación de impuestos propios y una asfixiante densidad regulatoria actúan como un torniquete para la iniciativa privada. Es una contradicción insalvable pretender el renacimiento de la sociedad civil bajo un marco marcadamente estatista que penaliza el éxito, adormece el riesgo y burocratiza el ingenio”.
No puedo estar más de acuerdo con el economista abulense. Ha descrito magistralmente la estación instrumental de nuestro Vía Crucis y, hasta cierto punto, deja entrever la estación reputacional, que provoca que la sociedad contemple con recelo la iniciativa y el impulso empresarial. No aborda, sin embargo, la que hemos denominado estación social, que genera comportamientos que dificultan la libertad de empresa y afectan al ascensor social al transformar el trabajo en un mero instrumento y no en una vía de superación.
Difícil solución tiene intentar suavizar la pendiente de estas tres estaciones, puesto que el factor que las provoca es el estatismo o, como yo mismo describiré en un libro de próxima publicación, el despotismo ilustrado de Estado. Dice Bernaldo de Quirós que las sociedades libres rara vez pierden su vitalidad de forma abrupta; la pierden, silenciosamente, cuando dejan de vigilar los confines del poder. Una vez más, no puedo estar más de acuerdo. Sin embargo, las soluciones se sitúan en el ámbito de la política con mayúsculas, en el rediseño del modelo de Estado y en volver a plantearnos para qué existe el Estado. Difícil camino nos queda por recorrer. Mientras tanto, estimado empresario, ármate de valor y sigue encarando tu particular vía crucis.











