Recientemente, vuelven a ser objeto de preocupación los “desequilibrios externos” —grandes déficits de unos países, grandes superávits de otros— que, en determinados momentos de la historia, han sido preludio de tensiones y dificultades. ¿Qué está pasando? ¿Podemos evitar que se repitan los errores?
JUAN TUGORES QUES. Catedrático emérito de Economía de la UB
En los años previos a la crisis financiera de 2008 fue objeto de creciente atención el incremento de los denominados “desequilibrios externos globales”: la magnitud de los superávits de unos países y de los déficits de otros. En 2006 el déficit por cuenta corriente de Estados Unidos se situaba en un 5,8% de su PIB (más de 800 mil millones de dólares), mientras que el superávit de China llegaba al 8,3 % de su PIB.
Como muestra la gráfica 1, que refleja la evolución de los superávits exteriores de unos países y de los déficits de otros (datos expresados como porcentajes del PIB mundial), el aumento de la magnitud de esos desequilibrios antes de 2008 fue notable, pero algo similar había ocurrido a principios de la década de 1970, cuando la elevación de los precios del petróleo generó asimismo grandes superávits de los exportadores y grandes déficits de los importadores, y también en la primera mitad de la década de 1980, cuando Estados Unidos acumuló importantes déficits con un dólar muy apreciado, cuya “reconducción” requirió del Acuerdo del Plaza implementado en 1985 por el G5. El tema de actualidad es que, tras la crisis de 2008, los desequilibrios parecían haberse reconducido a niveles asumibles, pero en los años recientes estaban reapareciendo, en el marco de las conocidas tensiones geopolíticas. Los análisis de los organismos internacionales y académicos volvían a preguntarse si esos desequilibrios interactuaban con otras complicaciones para agravar los riesgos de tensiones financieras.
¿DESEQUILIBRIOS “NORMALES” O SÍNTOMAS DE PREOCUPANTES DISFUNCIONES?
Aunque se reconoce que forma parte de la “normalidad” del devenir económico que los países tengan saldos exteriores diferentes de cero (por ejemplo, déficits cuando la financiación de oportunidades domésticas de inversión lo requiera, al superar la capacidad de ahorro nacional), el hecho de que esos saldos adquieran volúmenes percibidos como “excesivos” puede ser síntoma de desajustes o asignaciones inadecuadas de recursos. Pueden servir de argumento o coartada para la adopción de medidas proteccionistas —si se considera, como plantean algunos sectores de Estados Unidos, que los déficits de ese país y su contrapartida en forma de superávits de China y otros se estarían consiguiendo mediante medidas “desleales”— o si, como asimismo sucedió tras el periodo 2008-2009 en algunos países del sur de Europa con fuertes déficits exteriores, cesa abruptamente la financiación exterior, lo que obliga a duros ajustes. Las medidas propiciadas por el G20 apuntaban a un crecimiento “equilibrado” que mantuviese contenidos esos desequilibrios externos, lo que se tradujo en una reducción de su magnitud en la década siguiente.
El tema de actualidad es que, tras la crisis de 2008, los desequilibrios parecían haberse reconducido a niveles asumibles
Pero recientemente se han reactivado las alertas ante un repunte de esos desequilibrios en la tercera década del siglo XXI. La pandemia primero y las vicisitudes geopolíticas, con sus impactos sobre los flujos comerciales y financieros, estarían conduciendo a la reaparición de las preocupaciones al respecto. Las apelaciones explícitas por parte de Estados Unidos a sus déficits exteriores bilaterales para tratar de justificar la imposición de los llamados “aranceles recíprocos” retoman las formulaciones del “mercantilismo” de los siglos XVII y XVIII. La masiva utilización de las “políticas industriales” por parte de las principales potencias, con China y Estados Unidos al frente, pero con la Unión Europea asimismo en posiciones destacadas, retrotrae igualmente a planteamientos mercantilistas preocupados por los saldos comerciales, en el marco de las pugnas por la hegemonía económica y tecnológica. De nuevo, las cifras de déficit exterior de Estados Unidos se sitúan, pese a los aranceles, en niveles muy elevados, así como los superávits externos de China, al tiempo que Europa alcanza posiciones también superavitarias: los datos del FMI sitúan a la zona euro como principal área superavitaria en los años recientes, superando incluso a China.
¿SOLUCIONAR CON MEDIDAS INTERNACIONALES PROBLEMAS INTERNOS?
Los análisis recientes tienden a coincidir en que estos desequilibrios son síntomas de preocupantes problemas internos, que incluyen: 1) los crecientes déficits públicos en Estados Unidos, combinados con insuficiencias del ahorro doméstico en ese país, que hasta ahora han sido suplidos por la llegada fluida de financiación exterior relativamente barata; 2) los problemas de China para estimular de forma sostenida el consumo de bienes y servicios, ralentizado por problemas como la crisis inmobiliaria; 3) los problemas de la UE para transformar sus excedentes de ahorro en inversión productiva interna, atribuidos, entre otras razones, a la insuficiencia de mecanismos intraeuropeos, que tratan de superarse con planteamientos como la Unión de Ahorros e Inversiones. Asimismo, estos análisis recalcan que los saldos exteriores reflejan la posición de cada país en el flujo entre ahorro e inversión, con los países con “necesidad de financiación” (por insuficiencia del ahorro interno en relación con su inversión) en posiciones deficitarias externas, algo que no puede corregirse solo mediante medidas arancelarias y otras proteccionistas como las que aplica Estados Unidos con especial intensidad desde 2025 (que pueden provocar más distorsiones que agraven los problemas de fondo), mientras que los países con “capacidad de financiación” (superávits) son los que tienen margen para estimular el consumo y la protección social (caso de China) o las inversiones productivas modernizadoras internas (caso de Europa).
La pandemia primero y las vicisitudes geopolíticas, con sus impactos sobre los flujos comerciales y financieros, estarían conduciendo a la reaparición de las preocupaciones al respecto
Estas formulaciones apuntan a que, como en otros aspectos de la economía (y de la vida), es más fácil buscar “culpables externos” a los problemas de fondo internos, que pueden requerir medidas no siempre fáciles. El recurso a culpabilizar o responsabilizar a otros es mediático y políticamente una vía más fácil, pero obviamente no soluciona las cuestiones de fondo, que requieren “arremangarse”.
¿ES LA COORDINACIÓN INTERNACIONAL UNA PANACEA PARA TODOS?
Asimismo, algunos de los análisis recientes establecen comparaciones no solo con los desequilibrios externos y su papel para acentuar la crisis de 2008, sino también con los déficits de Estados Unidos que condujeron en 1985 al Acuerdo del Plaza, en el marco de la coordinación del G5 para tratar de evitar una salida “disruptiva” de esos desajustes (incluida una sobrevaloración del dólar que coadyuvaba al déficit comercial estadounidense). No sorprenderá que los organismos internacionales apelen también ahora a vías de cooperación para que los principales países afronten sus mencionados problemas internos de forma coordinada, aunque, por supuesto, se constata cómo las rivalidades y recelos geopolíticos complican enormemente esa vía.
Pero el caso del Acuerdo del Plaza está sujeto a otra interpretación menos optimista. La gráfica 2 muestra la forma en que el antiguo economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Maurice Obstfeld, presenta la evolución de los déficits exteriores de Estados Unidos en términos de sus contrapartidas en forma de superávits tradicionales de Alemania y de Japón, y, más recientemente, de China. Las correlaciones son notables y los aumentos de esos desequilibrios conducen a 1985, a la crisis de 2008 y a las preocupaciones actuales. Algunos analistas desde Japón y China están “reinterpretando” el Acuerdo del Plaza como una “peligrosa trampa” en la que habría caído un Japón que, recordemos, desde la década de 1980 se presentaba como un poder creciente e incluso como una alternativa al liderazgo estadounidense.
El Japón que puede decir no fue el título de un famoso libro del ministro Ishihara y del cofundador de Sony, Morita, que explicitaba la “candidatura” de Japón al relevo en la hegemonía, en unos términos similares a los que actualmente estaría planteando China. Y la aceptación por parte de Japón, en el Acuerdo del Plaza, de una apreciación notable de su moneda, como contrapartida de la depreciación del dólar, estaría siendo interpretada como un ingrediente de un deterioro en su competitividad que trató de ser atenuado con unas notables reducciones de tipos de interés que propiciaron las “burbujas” de crédito y deuda que lastrarían la continuidad del ascenso de Japón.
Las correlaciones son notables y los aumentos de esos desequilibrios conducen a 1985, a la crisis de 2008 y a las preocupaciones actuales
Cabe recordar que en 1933, cuando era Estados Unidos la potencia ascendente que debía asumir responsabilidades en el delicado momento de la Gran Depresión ante el declive de Gran Bretaña, la Administración Roosevelt bloqueó la Conferencia de Londres precisamente por no querer asumir una apreciación del dólar. Estos precedentes podrían estar tras la prudencia de China a la hora de no entrar en acuerdos presentados como “coordinación” o “cooperación” internacional, pero que podrían ser lesivos para su objetivo estratégico de avanzar hacia el liderazgo.
Una inquietante pero tal vez crudamente realista lectura sería: China-2026 no quiere caer en la trampa de Japón-1985, asumiendo el riesgo de ser presentada como tan poco cooperativa como Estados Unidos-1933. O, en otras palabras, al final, en 1985, “Japón dijo sí” y ello detuvo su ascenso, y ahora “China dice no”, escarmentando tras esa experiencia de su vecino asiático.
Desde luego, tras los debates aparentemente “técnicos” sobre la reaparición de los desequilibrios externos, sus causas, tratamientos y consecuencias, hay cuestiones mucho más de fondo.









