La rapidez en los cambios de escenarios y de los modelos de negocio nos obligan a crear organizaciones flexibles, ágiles y rápidas, donde en ocasiones hay que renunciar a algún elemento para potenciar otros.
MARCOS URARTE. Profesor invitado del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y de la Universidad Nacional de Singapur (NUS)
El concepto VUCA (Volatility, Uncertainty, Complexity, Ambiguity) ha quedado superado. Han aparecido algunas variantes alrededor de este concepto, como TUNA (Turbulence, Uncertainty, Novelty, Ambiguity), BANI (Brittle, Anxious, Non-linear, Incomprehensible), RUPT (Rapid, Unpredictable, Paradoxical, Tangled), PLUTO (Polarizado, Líquido, Unilateral, Tenso, Omnirelacional), entre otros. Pero, finalmente, la realidad nos ha llevado a evolucionarlo a un nuevo concepto denominado VI3RCA2S, donde se han tenido que incorporar cinco variables más: Inmediatez, Inseguridad, Ruido, Aceleración y Simultaneidad de disparidades.
Los iniciales cuatro jinetes del apocalipsis se transformaron en pandemias, guerras, cambio climático y demografía. A estos incorporamos los desastres naturales, para tener que añadir a dos nuevos jinetes: desinformación e inteligencia artificial. En este entorno aparece el impacto de la inteligencia artificial y la batalla entre EE. UU. y China por la supremacía y el impacto. Las empresas deben dejar de ver a la
IA como una simple herramienta y empezar a tratarla como una capacidad estratégica. Es una herramienta de poder económico y militar.
Los equipos directivos del siglo XXI se enfrentan a retos de naturaleza radicalmente diferente a los que las dinámicas organizativas están acostumbradas. El reto está en la supervivencia, y ello requiere un esfuerzo permanente para ser relevantes. Siguen siendo importantes la excelencia, la eficiencia, la productividad, la calidad, etc., pero el valor diferencial está en la revisión permanente de la propuesta de valor y de los modelos de negocio.
La competitividad es el resultado de la suma de dos variables: “la eficacia operativa” y la “diferencia percibida”, la imagen que se transmite
Lo que se conocía como la sociedad de la información, o la sociedad del conocimiento, “se acabó”. Hemos cambiado de era. Vivimos en lo que he denominado la sociedad de disrupción empresarial, social y personal (SDESP), una era en la que la innovación es el centro de la estrategia de las empresas que tienen éxito. Sin embargo, aunque parezca imposible, todavía hay “líderes” que no entienden que ya no se tiene éxito mirando solo a la eficiencia y el margen financiero, sino, sobre todo, a la capacidad creativa de las compañías.
La competitividad es algo más que la eficacia operativa (buen producto, precio adecuado, distribución eficaz). La competitividad es el resultado de la suma de dos variables: “la eficacia operativa” y la “diferencia percibida”, la imagen que se transmite. No se trata de ser “competentes”, es decir, hacer las cosas bien y a un precio adecuado; se trata de ser “competitivos”.
Pero primero hagamos un breve repaso a la historia más reciente.
¿CÓMO HEMOS LLEGADO A LA SDESP?
El mundo ha cambiado demasiado rápido desde el 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín, que representó el nacimiento de una nueva era. Este es un pequeño repaso de lo que ha ocurrido a nivel global desde entonces:
- El fin de la historia
A principios de los 90 empezamos a creer que era el fin de la historia (como anunciara Francis Fukuyama), una historia gobernada por democracias basadas en leyes y tecnologías y el soporte de los mercados. Hoy asistimos al auge de las autocracias.
- Sociedad red
A mediados de los 90 nos dimos cuenta de que vivíamos en la Sociedad de la Información, o la “Sociedad red”, en la que el poder se decidía por nuestra capacidad de acceso a la red. En la nueva realidad, todas las relaciones de consumo, producción, influencia y poder están basadas en redes de información y propulsadas por las tecnologías de información.
- El mundo es plano
Estas nuevas tecnologías han empezado a cambiar tanto nuestras realidades que, a principios de la década pasada, empezamos a pensar que el mundo era plano; esto es, que daba igual dónde estábamos: cualquiera podía ofrecer cualquier producto o servicio de cualquier lugar del planeta. China competía de repente con Estados Unidos, Japón ganaba la batalla de la producción de automóviles, en la India se realizaban servicios de contabilidad o atención telefónica para empresas del mundo anglosajón. Las cadenas de valor eran, y son, cada vez más globales, y creímos también que dos países que colaboraran en la misma cadena de valor no podían entrar nunca en conflicto. Hoy estamos asistiendo a una nueva fragmentación en bloques, liderados por Estados Unidos y China, con “actores” como el G7 y los BRICS+.
- Movimiento antiglobalización
Tal era el poder de los mercados globales que casi hemos traspasado nuestra soberanía a las grandes multinacionales. Ya no solo depende todo de los Estados. El poder de las multinacionales es, a veces, mucho mayor. Y empiezan a aparecer movimientos antiglobalización y autores denunciando el poder de las marcas, como Naomi Klein con su No Logo. Hoy vemos cómo el tecnocapitalismo se “ha apropiado” del poder económico.
- Sociedad del conocimiento
Una vez todo empezó a ocurrir en la red, nos dimos cuenta de que la clave era canalizar y filtrar esa información para convertirla en conocimiento de valor. Y empezamos a hablar de la sociedad del conocimiento.
- Economía en red
Nace la economía colaborativa. Henry Chesbrough nos habla de “Open Business” y de “Open Innovation” para transformar paradigmas. Mientras, seguimos en la eterna lucha por crear un modelo que funcione mejor que el demasiado desigual binomio capitalismo-
democracia. Las economías de escala penetran en múltiples sectores.
- Sociedad líquida
Todos estos movimientos impactaron a nivel cultural también, y vivimos ahora en una “sociedad líquida”, en la que las realidades sólidas de nuestros abuelos, como el trabajo o el compromiso, se han desvanecido. Una sociedad en la que nada es permanente, todo cambia antes de convertirse en hábito. Así, las habilidades se convierten en poco tiempo en discapacidades; los logros, en fracasos. Vivimos en la incertidumbre constante, en la lucha eterna por no quedar obsoletos. Lo que en el mercado laboral llamaríamos precariedad. Esto impacta incluso en nuestra capacidad de ser felices: en un entorno tan cambiante, nos replanteamos constantemente las preguntas de “¿quién soy?”, “¿quiero hacer lo que hago?”, “¿qué sentido y propósito tengo?”. Y buscamos la felicidad en realidades ficticias como las redes sociales, en las que las habilidades sociales no son realmente necesarias.
- Crisis del covid-19
En medio de esta complejidad, la segunda década de este siglo nos recibe con una pandemia global que, en un lapso de tres meses, cambió todas las dinámicas de la vida en sociedad como la conocíamos. Todos fuimos forzados a quedarnos en casa. La distancia social se convierte en un asunto de sanidad pública. Las conglomeraciones (antes asociadas al éxito de distintas industrias) se prohíben y los viajes (sinónimo de apertura económica e intercambio cultural) se reducen. El planeta por fin respira, pero varios sectores de la economía se ven forzados a reinventarse o morir. Estos cambios han dado lugar a un nuevo escenario marcado por la aceleración y desaceleración de tendencias que venían en curso, que plantea retos para todas las industrias, pero que también representa nuevas oportunidades para repensar la conexión, la empatía y la consciencia de nosotros mismos y de nuestro impacto en los demás.
Nace la economía colaborativa. Henry Chesbrough nos habla de “Open Business” y de “Open Innovation” para transformar paradigmas
ENTONCES, ¿QUÉ ES LA SDESP?
Estas son las características que resumen la era de la revolución creativa; la SDESP:
- La digitalización y la revolución tecnológica suceden cada vez más rápido, acelerando también la necesidad de adoptar la tecnología.
No tardarán en llegar nuevas disrupciones que lo cambiarán todo, como la computación cuántica o la energía de fusión; algo inimaginable hace un tiempo, y que ayudarán a hacer frente a los grandes retos de la Humanidad en los próximos tiempos. Por eso, la “singularidad” puede estar a la vuelta de la esquina. También se abren enormes debates sobre los riesgos y la ética de estas tecnologías.
- La disrupción y el cambio de las organizaciones debe ser exponencial porque el éxito de las empresas dura poco (y cada vez, menos).
La mayor parte de los CIO (Chief Innovation / Information Officers) de empresas privadas esperan un alto nivel de “disrupción” (es decir, que algún nuevo agente rompa las reglas de su mercado) durante los próximos años, derivado de la digitalización de sus industrias. El liderazgo es mucho más complicado de mantener.
- La superposición de tendencias de todo tipo genera un alto nivel de desorientación.
Cada vez somos menos capaces de entender las tendencias y de prever cómo impactarán sus posibles interacciones sobre nosotros. Esto hace que la SDESP, más que complicada (era industrial), sea compleja. En la sociedad SDESP, no llegamos a entender las tendencias que nos rodean. La anticipación será una competencia clave.
- La democratización del conocimiento y la tecnología le está dando el poder de decisión cada vez más a los usuarios.
Todos tenemos a nuestra disposición un conocimiento y herramientas que antes hubieran sido imposibles de asumir en toda una vida para cualquier persona. Ello lleva a que las empresas y los lobbies pierdan el poder de decisión en sus industrias (véase el caso de Uber o y su impacto en el taxi y la movilidad). Los “intrusos” se vuelven claves.
- La “servitización” de las industrias traslada el foco de productos y servicios a experiencias.
Este fenómeno de desmaterialización se genera a partir de dos transiciones: la primera, de productos a servicios de valor añadido, como por ejemplo el cambio de los CD de música a aplicaciones como Spotify. La segunda: de productos y servicios a experiencias. El cliente pide experiencias únicas con las que identificarse y ahí radica el éxito de los nuevos negocios digitales que triunfan en sus industrias.
- Los datos son el poder y poseer esos datos es la clave.
El sistema de datos es casi el nuevo dios, la nueva religión. Los datos, pasan a ser información y esta pasa a convertirse en conocimiento.
- La desconfianza en las instituciones nos lleva a confiar más en nuestros amigos y redes, que en fuentes de información “oficiales” como empresas, medios tradicionales, blogs, etc.
Este fenómeno ha sido un resultado de la infoxicación que nos hace creer en los que tenemos más cerca, ya que nos da más seguridad.
- Vivimos en la revolución del trabajo constante.
Ya no sabemos cómo nos ganaremos la vida en 2030. El 65% de los más jóvenes que empiezan primaria estarán empleados en un trabajo que no se ha inventado todavía. Lo que sí sabemos es que el 80% de esos trabajos requerirán algún conocimiento tecnológico.
Además, la relación empresa-trabajador ha cambiado para siempre.
- La SDESP está marcada por un mundo urbanizado.
Más de la mitad de la población vive en ciudades de más de 300.000 habitantes y se prevé que en el 2050 el porcentaje de población urbana alcance el 70% de la población mundial. No solo eso, el 23% de la población mundial vive en las 600 ciudades más dinámicas del mundo, donde, a su vez, se concentra el 55% del PIB mundial. El crecimiento urbano acelerado es una consecuencia insospechada del desarrollo de la economía del conocimiento.
- En la SDESP todos estamos unidos por un gran reto global: el cambio climático.
El calentamiento tiene como consecuencia el incremento generalizado de las temperaturas, tormentas más intensas, propagación de enfermedades, olas de calor más fuertes, derretimiento de los glaciares, cambios en los ecosistemas naturales, desaparición de especies animales, aumento del nivel del mar e incremento del precio de los alimentos. En 2019, la ONU lanzó un informe en el que daba 11 años a la humanidad para evitar llegar a un aumento global de las temperaturas de no retorno. Es decir, tenemos menos de 5 años para aplicar cambios urgentes en los sistemas económicos, modelos de producción y movilidad, entre otros, para no exceder las emisiones máximas marcadas por los científicos
El reto que nos plantea la revolución tecnológica implica, eso sí, planteamientos éticos y morales sobre cómo y qué tipo de tecnología aplicar, y para qué. Son reflexiones que nos invitan a debatir sobre estas implicaciones éticas de la revolución tecnológica.
El planeta por fin respira, pero varios sectores de la economía se ven forzados a reinventarse o morir. Estos cambios han dado lugar a un nuevo escenario
¿QUÉ IMPLICA LA SDESP PARA TERRITORIOS, ORGANIZACIONES Y PERSONAS?
Territorios (países, regiones, ciudades), organizaciones (empresas, escuelas, administraciones, centros de salud…) y personas (profesionales, ciudadanos, empleados, freelancers…), deben construir “antifragilidad”, más que hacerse fuertes y grandes en un ámbito o especialidad concreta.
He identificado las competencias organizativas para enfrentarse a todos estos nuevos desafíos, utilizando el mismo acrónimo VI3RCA2S.
Estas competencias son velocidad, inconformismo, innovación, inclusividad, resiliencia, curiosidad, agilidad, anticipación y sostenibilidad.
Urge afrontar la innovación con compromiso real. Debemos estar preparados para el cambio constante, tanto personal como a nivel empresa. Ahora (más que nunca) la innovación es la única constante. Innovas o desapareces.
Ante estos inmensos desafíos y retos, hay que formar y animar a los nuevos líderes. Que sepan encontrar el camino, que estén convencidos de que, cuando las situaciones son tremendamente complejas y complicadas, son los líderes, que en vez de buscar excusas o esquivar la realidad, ven la luz más allá de la oscuridad y son capaces de encontrar el camino hacia la luz. Son los que ante la adversidad elevan su voz de esperanza y transmiten confianza en que puede lograrse superar todas las barreras que están inmovilizando al resto.










