En la última edición del Mobile World Congress se ha vuelto a demostrar que la inteligencia artificial ya no es una tendencia: es el eje sobre el que se están reorganizando sectores enteros. Y, sin embargo, cuando hablo con directivos de empresas de todos los tamaños, detecto una inquietud común: ¿por dónde empiezo? ¿Cómo sé que estoy invirtiendo bien? ¿Cómo evito que la IA se convierta en un experimento caro y poco útil?
JORDI GINÉ. Director de Grandes Cuentas y Administraciones Públicas en Territorio Este, Telefónica
La buena noticia es que la IA no exige grandes saltos al vacío. Exige claridad, método y propósito.
Lo vemos en nuestro día a día: los proyectos de IA que funcionan son los que empiezan por un problema concreto. Nada de iniciativas gigantescas que intentan transformarlo todo. Lo que transforma de verdad es automatizar un proceso repetitivo, anticipar la demanda con datos reales o mejorar la logística con modelos predictivos.
Por poner un ejemplo cercano, en una empresa industrial en Cataluña, la simple incorporación de visión artificial para detectar defectos redujo tiempos muertos y devolvió horas de trabajo a los equipos. En un operador logístico, un modelo de predicción de rutas permitió ahorrar combustible y mejorar la puntualidad. Son casos modestos en apariencia, pero con impacto inmediato.
Ahora bien, la IA no funciona por arte de magia. El principal combustible que la hace posible son los datos. Necesitamos datos ordenados, gobernados y conectados con los sistemas del negocio. Muchas empresas descubren, al iniciar este camino, que su principal reto no es la tecnología, sino la calidad y coherencia de su información.
Por eso insistimos tanto en crear plataformas que unifiquen datos, integren CRM, ERP, IoT y nube, y permitan que los algoritmos trabajen con información fiable. Cuando esto ocurre, la IA deja de ser un experimento y se convierte en un motor de decisiones.
Con esto, llegamos a una de las consecuencias más inmediatas del uso de la IA: la automatización de tareas rutinarias. Chatbots que atienden al cliente 24/7, análisis automático de correos o llamadas, recomendaciones personalizadas… No se trata de sustituir personas, sino de liberar tiempo para tareas de mayor valor.
Adoptar la IA no es instalar una herramienta: es transformar una forma de trabajar. Requiere estrategia, datos, seguridad, talento y visión
En el sector público, por ejemplo, estamos viendo cómo la automatización inteligente reduce tiempos de tramitación y mejora la experiencia del ciudadano sin aumentar recursos. En el retail, la personalización basada en IA está ayudando a fidelizar clientes en un entorno cada vez más competitivo.
Pero no todo son ventajas. La IA es una herramienta poderosa que también puede ser utilizada para atacar. Por eso, la ciberseguridad ya no puede ser un añadido: debe estar en el centro de cualquier proyecto. Pero es que incluso aquí, podemos defendernos de la IA utilizando IA. En esta edición del MWC, hemos presentado el Soy del Futuro, un centro de operaciones de ciberseguridad que utiliza IA para detectar amenazas, priorizar incidentes y reforzar la ciberresiliencia de las empresas.
Adoptar IA no es instalar una herramienta: es transformar una forma de trabajar. Requiere estrategia, datos, seguridad, talento y visión. Nuestro papel no es vender tecnología, sino ayudar a que funcione. Que genere valor. Que sea sostenible. Que esté alineada con lo que cada empresa necesita hoy y con lo que querrá ser mañana.
La IA no va a sustituir a los empleados de las empresas que la adopten, pero sí a las empresas que no lo hagan. Y ahora, más que nunca, es el momento de pasar de la inspiración a la acción











