Revista de Análisis Plural

Cisnes negros. Responsabilidad social corporativa en pie de guerra

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El ataque de Rusia a Ucrania tiene muchas consecuencias: conflicto bélico, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad, inflación e inestabilidad económica en el mundo, expansionismo territorial de la dictadura de Rusia, etc. También tiene otra repercusión: ¿cómo ejercer la responsabilidad social corporativa en un mundo global?

Xavier Torrens. Profesor de Ciencia Política de la UB. Politólogo y sociólogo.


Nos encontramos lejos de las cuatro de la madrugada del 24 de febrero de 2022, que permanecerá en nuestra mente como el recuerdo de aquel momento en que empezó la invasión de Putin en Ucrania. Han pasado demasiadas semanas desde ese momento que propició el ataque de Rusia contra Ucrania.
Han sucedido demasiadas cosas que eran inverosímiles que volvieran a suceder en Europa: una guerra en territorio europeo y el ascenso de la inflación a niveles desconocidos desde hacía décadas en la Unión Europea. En el caso de España, vivimos la tasa de inflación más alta desde 1985. Hemos vivido la reestructuración del mercado de la energía para reducir la dependencia energética de Rusia, y un conflicto bélico con resonancias de guerra fría. Más allá del personaje de ficción del agente 007 en las películas que continúan la saga de James Bond, la guerra fría terminó con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la Unión Soviética en 1991. Están sucediendo demasiados acontecimientos improbables.

007 JAMES BOND
Ciertamente, cualquier ciudadano hubiese encontrado inverosímil que resucitaría el mundo del agente 007, James Bond. Pero el pasado mayo de 2022, según la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas por los Derechos Humanos, la sangrienta guerra ya contaba con cerca de 4.000 muertos civiles y otros 4.000 heridos. Estos eran os cálculos más conservadores i no se cuentan las víctimas de los soldados caídos en combate. Por tanto, la retransmisión en directo del ataque de Rusia contra Ucrania hace que sepamos día a día que una guerra dentro del territorio europeo se lleva vidas humanas en pleno siglo XXI. Insólito desde la Segunda Guerra Mundial, a pesar del paréntesis entre 1991 y 2001 en la también trágica guerra de los Balcanes, la antigua Yugoslavia.
Ante las imágenes de la guerra, la sociedad (y dentro de ella el mundo empresarial) no puede girar la espalda al exilio masivo de la población civil ucraniana. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, más de 5,8 millones de personas se han exiliado de Ucrania. Y entre otras cifras de Ucrania, las que facilita la Organización Internacional para las Migraciones: se deben añadir los más de 7,7 millones de personas desplazadas, que son los ucranianos que, a pesar de no haber salido del país, han tenido que abandonar sus hogares e irse a vivir a otro lugar de Ucrania. El éxodo ucraniano es el mayor éxodo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

PANDEMIA Y CONFLICTO INESPERADOS
Era inverosímil una crisis sociosanitaria como la pandemia del coronavirus y todavía más increíble que se le añadiera una guerra dentro de Europa que nos llevaría a situaciones de inflación jamás vistas desde hacía décadas. COVID-19 y guerra de Ucrania son cisnes negros.
Según Nassim Nicholas Taleb (os recomiendo leer su libro El cisne negro, en la editorial Paidós), los cisnes negros son hechos o sucesos raros, tienen un fuerte impacto y, una vez sucede un cisne negro, la gente lo explica como si fuese predictible cuando, de hecho, nadie o casi nadie lo había predicho. Dicho de otra manera: un cisne negro es el impacto de un hecho altamente improbable.

Era inverosímil una crisis sociosanitaria como la pandemia del coronavirus y todavía más increíble que se le añadiera una guerra dentro de Europa que nos llevaría a situaciones de inflación jamás vistas desde hacía décadas

Resulta claro que la COVID-19 es un cisne negro, ya que es rara una pandemia mundial que haya tenido un impacto tan fuerte. Y ahora, mirándolo con retrospectiva, hay gente que explica el coronavirus como si hubiese estado un hecho normal de la historia humana. Pero todo el mundo sabe que nadie predijo la COVID-19, más allá de algunos epidemiólogos que podían tener alguna previsión genérica.
También resulta evidente que la guerra de Ucrania es un cisne negro, porque es rara una guerra dentro de Europa en el siglo XXI. El conflicto ha tenido un fuerte impacto y ahora todo el mundo explica la invasión de Putin como si supieran que se fuera a producir. Todos sabemos que el dictador ruso ya había invadido otros territorios (una parte de Georgia, Chechenia, una parte de Ucrania como Crimea o, incluso su intervención directa en la guerra de Siria). También sabíamos que había controlado otros territorios con gobiernos títeres (Transnistria en Moldavia, el mismo Donbass en Ucrania hasta que lo ha invadido, o Bielorusia). Pero nadie se esperaba la invasión de toda Ucrania, incluyendo su capital Kiev, aunque después le haya salido mal su estrategia militar. Y como la guerra de Rusia contra Ucrania ha sido un clarísimo cisne negro, entonces el impacto de esta guerra altamente improbable ha sido tremendamente nefasto después de la COVID-19 para la recuperación de la economía europea y mundial, y no solo la rusa y la ucraniana.

BASTA YA
Llegados a este punto, y viendo que resulta claro que la dictadura de Putin está dispuesta a la guerra una y otra vez (Georgia, Chechenia, Ucrania, etc.), por primera vez de toda la historia rusa dirigida por Putin, las empresas privadas y las empresas sociales se han puesto en pie de guerra; es decir, han expresado su voluntad de estar dispuestas a una lucha financiera y económica, cogiendo como armas las sanciones a Rusia.
Unas sanciones económicas que han provocado una caída del PIB ruso y han hecho incrementar su inflación, además de haber expulsado a varias entidades bancarias rusas del sistema interbancario Swift. A estas medidas se han añadido la congelación de activos bancarios o las limitaciones a determinadas importaciones y exportaciones. También se ha parado la actividad comercial de un buen número de empresas occidentales establecidas en Rusia. Sin embargo, el gran impacto sería el parón de las importaciones del petróleo y el gas ruso a la Unión Europea.

ENVIRONMENTAL, SOCIAL & GOVERNANCE
Ante todo ello, llega el momento de plantearnos la interrelación entre las empresas sociales (fundaciones, cooperativas, asociaciones no lucrativas y otras entidades sin ánimo de lucro del tercer sector) y la política ESG (environmental, social and governance). También la responsabilidad social corporativa de las empresas privadas.

Debemos plantarnos la interrelación entre las empresas sociales (fundaciones, cooperativas, asociaciones no lucrativas y otras entidades sin ánimo de lucro del tercer sector) y la política
ESG

La guerra contra Ucrania no es solo una cosa de gobiernos y de la gestión pública. También es un hecho del tercer sector y del sector privado. Todo aquello que es responsabilidad social y ecológica no puede ser una mera moda, una etiqueta moderna o una tendencia actual. Tampoco puede ser un simple objetivo entre todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU. Es un compromiso ético que, evidentemente, se plasma en un sello social y verde, pero que va más allá, pues se debe reflejar en la gestión pública tanto como en la gestión social y la gestión empresarial.

ZELENSKI Y LAS EMPRESAS
Cuando el presidente democrático de Ucrania, Volodímir Zelenski, hizo un discurso ante el Congreso de los Diputados español, agradeció a las compañías haber frenado su actividad en Rusia como medida de presión. Sin embargo, citó determinadas empresas con nombres y apellidos para reclamar que dejen de hacer negocio con Rusia. Parece que se equivocó, al menos en parte, en la concreción de las empresas. Pero lo que debemos resaltar es que esto nos hizo darnos cuenta de que las empresas no pueden girar la espalda al mundo real y calamitoso que ha provocado la guerra de Putin.
Así pues, no es una cuestión solo de imagen corporativa, que también lo es, porque también afecta al marketing. Es, sobre todo, una cuestión de compromisos con la misión, la visión y los valores de las empresas sociales y de las empresas privadas, pues una guerra como la que ha iniciado Putin contra Ucrania no es un afer únicamente de la gestión pública.

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