Con una transformación tecnológica sin precedentes, tensiones geopolíticas constantes y un mercado laboral que sufre cambios estructurales de forma continua, Europa afronta el panorama social, económico y laboral más incierto de las últimas décadas. Prepararse para un entorno cambiante, incierto y complejo es cada vez más importante. Al menos así lo considera Oriol Amat, catedrático de Economía Financiera de la UPF. Para Amat, con conocimiento, resiliencia y una actitud constructiva, es posible transformar las dificultades en oportunidades de mejora. Ante un contexto internacional tensionado y agresivo, Amat analiza la situación actual poniendo énfasis en las oportunidades de desarrollo social y económico que presenta esta nueva era del conocimiento. Hablamos con él del auge de los sectores productivos estratégicos en Europa y la necesidad de desarrollar un espíritu crítico y constructivo en un entorno profesional que requiere (y requerirá) de una formación y aprendizaje continuos.
ADRIÀ GRATACÓS TORRAS
Oriol Amat.
“En un mundo que cambia tan rápido, el conocimiento técnico sin espíritu crítico ni valores puede quedar obsoleto”
¿Cómo definiría la nueva realidad geopolítica actual?
La realidad geopolítica actual se caracteriza por una combinación de incertidumbre estructural, complejidad creciente y cambios acelerados. Vivimos en un mundo más fragmentado y claramente multipolar, en el que las reglas del juego internacional son menos claras y más inestables. Las tensiones entre grandes potencias, los conflictos armados, las guerras comerciales, la crisis climática y la disrupción tecnológica —especialmente la inteligencia artificial— interactúan entre sí y amplifican los riesgos, generando una percepción de inseguridad comprensible.
Ahora bien, es fundamental contextualizar esta situación históricamente y hacer un ejercicio de memoria colectiva que nos ayude a relativizar las angustias del presente. Hace aproximadamente cien años, Europa salía de la Primera Guerra Mundial, un conflicto que dejó decenas de millones de muertos, una profunda destrucción económica y una grave desorganización social. Muchos países padecían hiperinflación, desempleo masivo, deudas impagables e inestabilidad política, a lo que se sumó la pandemia de gripe de 1918. La esperanza de vida era muy inferior a la actual y los sistemas de protección social eran prácticamente inexistentes.
Si retrocedemos doscientos años, la situación era aún más dura. La mayoría de la población europea vivía en una economía agraria, con altos niveles de pobreza y desigualdad. No existía la educación obligatoria, el analfabetismo era generalizado y los derechos laborales prácticamente inexistentes. Las jornadas eran muy largas, el trabajo infantil habitual y la esperanza de vida apenas superaba los cuarenta años, de modo que cualquier crisis podía condenar a amplios sectores de la población a la miseria.
“La historia, la economía, la filosofía y la ética aportan herramientas esenciales para entender que las crisis no son excepcionales, sino recurrentes”
Recordar este contexto histórico no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de comprender que el progreso actual es fruto de un largo esfuerzo colectivo, de la inversión en educación y del desarrollo institucional. También nos recuerda que la incertidumbre no es nueva y que las sociedades han superado situaciones mucho más adversas. Hoy contamos con más bienestar, más conocimiento y una mayor capacidad colectiva de respuesta. Esto no elimina los riesgos, pero sí subraya que el progreso siempre ha avanzado en medio de la incertidumbre, y que la diferencia la marcan la resiliencia, la cooperación y una actitud basada en el conocimiento y el criterio.
¿Qué incidencia cree que está teniendo esta nueva realidad en la transformación del mercado laboral del país?
La incidencia es profunda y de largo alcance. No estamos ante un cambio puntual, sino ante una transformación estructural del mercado laboral. Las nuevas tecnologías, la digitalización, la inteligencia artificial, la transición energética y los cambios geopolíticos están redefiniendo ocupaciones, competencias y trayectorias profesionales. Esto genera incertidumbre, especialmente entre los jóvenes, pero también abre oportunidades significativas.
Históricamente, cada gran transformación tecnológica —la mecanización, la electricidad o la informática— ha generado temores similares y, con el tiempo, más empleo y mayor productividad. Soy de los que piensan que la inteligencia artificial destruirá muchos puestos de trabajo, pero creará muchos más. El reto actual es gestionar esta transición de forma justa e inclusiva, lo que exige una apuesta decidida por la formación continua, la capacidad de adaptación y una educación que vaya más allá de las competencias técnicas e incorpore una sólida base humanística y crítica.
¿Fenómenos como la fragmentación global, las guerras comerciales o las tensiones internacionales tienen impacto en el mercado laboral del país?
Sin duda. Estos fenómenos tienen un impacto directo en las decisiones de inversión, en las cadenas de suministro y en la estructura productiva. Al mismo tiempo, están impulsando una revisión de las dependencias externas y una apuesta por reforzar capacidades propias, especialmente en Europa.
Esto puede favorecer procesos de reindustrialización y el desarrollo de sectores estratégicos, con la creación de empleo de mayor calidad. Ahora bien, estos procesos no son automáticos ni están exentos de dificultades. Exigen profesionales cualificados, instituciones sólidas y una sociedad con capacidad de adaptación. En este contexto, la resiliencia —tanto individual como colectiva— se convierte en un factor clave para transformar las dificultades en oportunidades.
¿Cree que estos fenómenos deben tenerse en cuenta a la hora de formarse y especializarse profesionalmente?
Absolutamente. Formarse hoy implica prepararse para un entorno cambiante, incierto y complejo. Esto significa adquirir conocimientos técnicos sólidos, pero también desarrollar una base humanística que permita comprender el contexto global, interpretar los cambios y tomar decisiones con criterio.
La historia, la economía, la filosofía y la ética aportan herramientas esenciales para entender que las crisis no son excepcionales, sino recurrentes, y que el progreso requiere capacidad de análisis, prudencia y responsabilidad. Esta combinación de saber hacer y saber pensar es imprescindible en cualquier carrera profesional.
Según la OCDE, los titulados en máster o doctorado obtienen salarios un 76% superiores a la media del país. ¿La especialización se ha convertido en clave para acceder a empleos cualificados y de prestigio?
Los datos muestran claramente que la formación avanzada y la especialización tienen un elevado retorno, tanto en términos salariales como de desarrollo profesional. Pero el valor real de la especialización no es únicamente económico. Permite desarrollar criterio, capacidad de análisis y autonomía intelectual. Aporta prestigio, pero sobre todo responsabilidad.
Ahora bien, esta especialización debe ser flexible y abierta al aprendizaje continuo. En un mundo que cambia tan rápido, el conocimiento técnico sin espíritu crítico ni valores puede quedar obsoleto. Con una sólida base humanística, en cambio, se vuelve mucho más resiliente.
“Las empresas valoran cada vez más el pensamiento crítico, la capacidad de resolver problemas complejos, la ética profesional, la resiliencia y la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida”
¿Qué habilidades y competencias están adquiriendo mayor relevancia para las empresas del país?
Además de las competencias digitales y tecnológicas, las empresas valoran cada vez más el pensamiento crítico, la capacidad de resolver problemas complejos, la ética profesional, la resiliencia y la capacidad de aprender a lo largo de toda la vida.
También es fundamental saber trabajar con la inteligencia artificial. La experiencia demuestra que las personas que saben utilizar bien la IA obtienen mejores resultados que la tecnología actuando por sí sola. Esto refuerza la idea de que la IA no sustituye el criterio humano, sino que lo potencia cuando está bien formado. Y ese criterio se adquiere con educación, reflexión y una buena base humanística.
¿Las habilidades transversales, como la comunicación intercultural o la resolución de conflictos, son cada vez más relevantes?
Sí, y lo serán aún más en el futuro. El trabajo será cada vez más colaborativo, interdisciplinar e internacional. En este contexto, la capacidad de comunicarse bien, comprender otras culturas, gestionar conflictos y pensar de forma crítica es esencial.
Estas habilidades son difíciles de automatizar y constituyen una clara ventaja competitiva. Además, son fundamentales para liderar equipos diversos, gestionar la incertidumbre y construir entornos de trabajo saludables y productivos.
¿Cree que los cambios geopolíticos constantes impulsarán determinados sectores productivos?
Todo indica que sí. A escala europea, los sectores considerados estratégicos en el informe Draghi —como las energías renovables, la economía verde, la digitalización, la inteligencia artificial, la ciberseguridad, la salud y la biotecnología, la industria avanzada, la movilidad sostenible, las materias primas estratégicas y las infraestructuras tecnológicas— pueden verse reforzados.
Este impulso puede generar empleo de calidad y contribuir a un modelo de crecimiento más sostenible y resiliente. Pero para ello se necesita talento, y el talento no se improvisa: se construye con formación, esfuerzo y una actitud abierta al cambio.
¿Europa debería avanzar hacia una identidad laboral compartida y un mercado de trabajo más cohesionado?
Creo que es una necesidad estratégica. Europa ha superado momentos mucho más difíciles que el actual gracias a la cooperación, la integración y la inversión en capital humano. Un mercado laboral más cohesionado, con movilidad real, reconocimiento de cualificaciones y derechos compartidos, reforzaría tanto la competitividad como la cohesión social.
Pero esta integración solo será sólida si se basa en valores compartidos y en una apuesta clara por una educación integral que forme profesionales competentes y ciudadanos responsables.
¿Qué recursos o iniciativas recomendaría a los jóvenes para ampliar sus oportunidades laborales en el actual entorno global?
A los jóvenes les recomendaría invertir en una formación sólida y continua, combinar especialización con humanidades, aprovechar experiencias internacionales y aprender a utilizar bien la inteligencia artificial.
Pero, sobre todo, les animaría a cultivar una actitud positiva y constructiva ante el trabajo: preguntarse cómo pueden ayudar a los demás, cómo pueden aportar valor a la empresa o institución en la que trabajan y cómo pueden dar un poco más de lo que se espera. Esta actitud de servicio, combinada con resiliencia, espíritu crítico y ganas de aprender, ha sido siempre —y sigue siendo— una de las mejores garantías de éxito profesional y personal, incluso en momentos de incertidumbre como los actuales.
Graduado en periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Estudios de posgrado en comunicación política y economía social y solidaria. Periodista especializado en economía y comunicación social. Colabora como redactor y coordinador de contenidos con Mundo Editorial.
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